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jueves, 7 de junio de 2012

Guías del lenguaje no sexista (II)


La verdad es que la publicación de estas guías ha generado polémica, manifestando su opinión muchas personas vinculadas a la cultura, la política y también la sociedad en general. En los medios de comunicación se ha vivido un debate apasionado con un amplio abanico de opiniones. Yo, entre las que he leído me quedo con dos. La del filósofo Javier Goma, Director de la Fundación Juan March: “Las reglas que regulan el lenguaje son una creación popular, …por otra parte, no es nunca neutro en el sentido de que cuando uno utiliza una palabra no solo se refiere a lo que ese término designa, sino a un universo de connotaciones, de tal manera que cuando sea correcto gramatical o sintácticamente también ellas están cargadas de ideología …y si la sociedad entiende que esa visión del mundo que subyace a la filología es incorrecta o degradante o injusta creo que se pueden adoptar algunas medidas para corregirlas”. Y la escritora Laura Freixas: “El lenguaje tiene parte de culpa – yo no hablaría de culpa, y por supuesto no se la echaría al lenguaje-,  de que todo lo femenino sea visto como parcial, marginal, particular. Para decirlo gráficamente: prefiero decir ser humano en vez de hombre… porque si digo ‘El hombre medieval moría con frecuencia en el campo de batalla’, nadie se pregunta de qué morían las mujeres. Se supone que hombre abarca a ambos sexos pero, ¿acaso podemos decir: ‘El hombre medieval a menudo moría de parto’?”.
Así pues, el lenguaje está vivo, es una creación continua, pero dicha creación está sustentada por una cultura  que, en la mayoría de los casos, sólo ha sido reflejo de un  lenguaje donde el universo masculino, andocéntrico, estaba presente, en contraposición con el femenino. Que sirva de ejemplo la cita que hemos mencionado antes de Laura Freixas: "¿Acaso podemos decir: El hombre medieval moría de parto? ¿ Es que sólo el hombre medieval moría?, ¿por qué la historia que estudiamos se ha preocupado una y otra vez de contarnos que en la Edad Media el hombre moría luchando? ¿Dónde estaban las mujeres? ¿Morían? La realidad de los hombres (lucha, poder) ¿era/es más importante que la realidad de las mujeres para ser nombradas? ¿Tenemos acaso que entrar en el universo masculino para que se nos reconozca?"
Si el lenguaje tiene un origen popular, es creado por cada uno de nosotros/as, entonces es muy importante que, desde el sitio que ocupamos, creemos, nombremos, lo que subyace en nuestra realidad, tanto la de las mujeres como la de los hombres, sin que ninguno quiera imponer el  lenguaje simbólico de su realidad. Al igual que en la cultura pre-indoeuropea, como nos cuenta Marijia Gimbuta, en el que tanto lo femenino como lo masculino tenían su sitio, cada polaridad desempeñaba sus atributos, sin calificaciones ni connotaciones.  Así, no sólo habría un respeto por la realidad de cada género y su vinculación con el lenguaje  que exprese dicha realidad, sino que nuestro lengua, nuestra cultura y nuestro mundo sería mucho más rico de lo que es ahora.

Guías del lenguaje no sexista


En los últimos años se han publicado en España numerosas guías de lenguaje no sexista. Han sido editadas por universidades, Comunidades Autónomas, sindicatos, Ayuntamientos..., manifestándose en algunas de ellas un desencuentro entra la intención de reconocer a la mujer su lugar en igualdad de condiciones que el hombre y el resultado lingüístico.
Ejemplo de una guía de lenguaje no sexista
La mayor parte de estas guías han sido escritas sin la partición de los lingüistas; sus autores defienden que las decisiones sobre todas estas cuestiones deben tomarse sin la intervención de los profesionales del lenguaje, de tal forma que el criterio para decidir si existe o no sexismo lingüístico será la conciencia social de la mujeres o, simplemente, de los ciudadanos contrarios a la discriminación. En ciertos casos, estas guías contienen recomendaciones que contravienen normas de la Real Academia Española, y aspectos gramaticales o léxicos firmemente asentados en nuestro sistema lingüístico.
Entre los aspectos que comparten estas guías hay una argumentación implícita y es la discriminación que existe hacia las mujeres en muchos ámbitos de nuestra vida, que relacionarlos todos no estaría demás, pero  nos alejaría del tema de este blog, por lo tanto, me centraré en el que nos interesa aquí: los comportamientos verbales sexistas. El lenguaje puede usarse, en efecto, con múltiples propósitos. Puede emplearse para describir, ordenar, preguntar, ensalzar, o insultar entre otras muchas acciones, y, desde luego, también puede usarse para discriminar a personas y a grupos de personas. O como veíamos en la entrada anterior sobre la creación de los símbolos masculinos y femeninos, para significar connotativamente lo femenino como negativo.
Por eso un punto en que coinciden todas estas guías es en intentar que el léxico, la morfología y la sintaxis de nuestra lengua deben hacer referencia explícitamente a la relación  entre género y sexo, de manera que se vieran las manifestaciones verbales sexistas para que no sigan el camino marcado hasta ahora y poder garantizar no sólo un lenguaje no sexista, sino la visibilidad de las mujeres. Ya sabemos que el lenguaje configura la realidad, le da presencia y veracidad. Si no admitimos este razonamiento, se estaría impidiendo al lenguaje “que evolucione de acuerdo con la demanda de crecimiento personal y social”, de forma que seguiríamos manteniendo una serie de hábitos que masculinizan el lenguaje, rechazando la configuración simbólica de la mujer y su expresión. Caeríamos, o mejor dicho, nos hundiríamos más en el pensamiento androcéntrico, en la utilización de esta forma de lenguaje que nos hace interpretar lo masculino como universal frente a lo femenino como no visible, no importante, inferior o negativo.

martes, 29 de mayo de 2012

¿Hay relativismo en el lenguaje?

A tenor de la última entrada podríamos preguntarnos si hay relativismo en el lenguaje. ¿Pueden todas las lenguas designar lo mismo? Todas las lenguas puden nombrar las cosas, pero su significados y sus connotaciones pueden ser diferentes. Hombre y mujer desde el punto de vista de Chomsky sería la designación de dos sexos de personas. Pero esto no está tan claro, porque en algunas lenguas, como en español, hombre tiene muchos más usos que la designación de varón. Póngase de ejemplo: el hombre llegó a la luna. La mujer, en nuestra cultura androcéntrica, está asociada a valores más peyorativos, quizás por eso no ha parado de cambiar dicha palabra a lo largo del tiempo, frente a la de hombre que básicamente no ha cambiado. En latín tenemos homo - mulier. En francés homme - femme, en italiano uomo - donna, en catalán home - dona. Hombre no ha cambiado, pero para mujer cada lengua ha buscado una nueva designación. Tal vez tenga que ver con una sociedad patriarcal en la que se ha querido tapar la palabra tabú “mujer,” que significaba no esposa o hija, es decir una mujer independiente que no encajaba en una sociedad patriarcal. Por eso, algunas lenguas buscaron una palabra que sustituyera a mujer y usaron: dona, señora, etc. para diferenciarlas.

La marca del género en las lenguas indoeuropeas

La mayoría de  las lenguas del mundo no marcan el género, es más, se podría decir que la marca de género es una rareza de las lenguas indoeuropeas. Hay varias hipótesis para explicar la existencia del género en estas lenguas, una de ellas es la mitología. Los primitivos indoeuropeos  eran un pueblo que se sustentaban en una mitología  antropomórfica. Asignaban  dioses y diosas a todas las cosas de la realidad, había una diosa luna, un dios sol, y también la diosa de la lluvia, el mar, la montaña, etc. Esto implica que cada cosa se consideraba masculina o femenina dependiendo del sexo de la divinidad que se la había asignado. Así, todas las lenguas indoeuropeas impregnaron su vida a partir de esta realidad. Configuraron su mundo identificándose a través de estos dioses y diosas y nombraron su realidad a partir de esta polaridad masculino/femenino, pero ¿qué connotación tenían los objetos designados por las diosas y los designados por los dioses? Está claro que todas las lenguas pueden nombrar todas las cosas, pero dependiendo de la cultura de sus hablantes sus significados y connotaciones pueden ser diferentes. ¿Cómo se configuraron estos dioses y diosas en nuestros antepasados indoeuropeos? ¿Cómo ha influido esta significación de polaridad -hombre/mujer, femenino/masculino, macho/hembra- en el uso del  lenguaje?

Marija Gimbatus en una excavación
Para vislumbrar ese pasado nos pueden ayudar los trabajos de investigación de la arqueóloga Maríja Gimbutas (1921-1994) que hizo  una de las mayores investigaciones del pasado pre-indoeuropeo e indoeuropeo de Europa. Según su teoría, la más ampliamente aceptada sobre el origen de estos pueblos, las invasiones indoeuropeas no sólo influyeron en la destrucción de la cultura pre-indoeuropea, sino en la connotación simbólica de  sus diosas y como consecuencia de ello, en la configuración de la realidad de la mujer,  no sólo de esa cultura, sino de culturas y civilizaciones posteriores, hasta llegar a nuestro presente. Sostenía esta investigadora que estas sociedades pre-indoeuropeas estaban regidas por  un “sistema social equilibrado, ni patriarcal ni matriarcal”, que denominaba “gylania”, (gy-  de “mujer” y an- de andros, “hombre”). Esta sociedad, pacífica y sustentada en la agricultura rendía culto, especialmente, a las diosas de la fertilidad-nacimiento y de la muerte (sentido cíclico de la existencia). Esto cambiaría cuando los indoeuropeos, -llegados de la región de Ucrania y área del Volga- que habían domesticado el caballo y se basaban en una sociedad patriarcal, pastoril y guerrera, con dioses de carácteres celestes y combativos se asentaron por todo el continente. Ambas culturas se fusionarían, pero en la configuración  de su realidad prevaleció una concepción dominante, patriarcal y androcéntrica, en detrimento de la cultura matriarcal y más vinculada al ciclo vital de la naturaleza. Así, por ejemplo, la Regeneradora-Destructora, supervisora de la energía cíclica, personificación del invierno y Madre de los Muertos, pasó a ser una hechicera de la noche, dedicada a la magia que, en tiempos de la Inquisición era considerada como discípulo de Satanás. La destronización de estas diosas, cuyo legado fue trasmitido a través de mujeres sabias, profetisas y curanderas, acabó con la cultura gylanica, no violenta y centrada en la tierra.

De esta fusión de culturas dio lugar a una nueva organización de la realidad, de la expresión de sus mitos y de  la creación de un nuevo lenguaje simbólico. Esos mitos se moldearon a semejanza de una ideología androcéntrica, primeramente con la invasión de los indoeuropeos y más tarde con el Cristianismo, no sólo en detrimento de una cultura basada en los arquetipos femeninos  sino, en lo que aún es peor, en una clara denotación de inferioridad y negatividad de todo el lenguaje simbólico femenino. Por lo tanto, la cultura primitiva indoeuropea no sólo acopló su realidad a través de sus mitos sino que marcó dicha realidad  a través del género de sus dioses y diosas, pero desde una imposición patriarcal, donde la sabiduría de la cultura matriarcal, antecesora de la indoeuropea, quedó destituida. El leguaje que designaba la realidad femenina, fue sutilmente manipulado para beneficio del patriarcado. Así,  se le asignó valores positivos y lumminosos a todo lo referido a lo masculino, (Sol, Marte, Júpiter)  y valores negativos a todo lo femenino, ejemplo de ello, la Luna, la noche, la oscuridad, la muerte…

martes, 22 de mayo de 2012

Niños salvajes y lenguaje

Una cuestión esencial para la ciencia respecto de nuestra vida como especie es en qué medida el lenguaje y las capacidades intelectivas asociadas a él dependen de la genética y en qué medida del entorno social y cultural. Esto podemos comprobarlo con los niños que se crían con un mínimo de contacto humano o sin él, ya sea por desarrollarse solos, ser criados por diversos animales o ser víctimas de atroces prácticas.

"El niño salvaje", película de François Truffaut
El lenguaje es uno de los grandes misterios de nuestra evolución. Considerado como una característica esencialmente humana, fue necesario que los paleoantropólogos descubrieran un hueso, el hioides de un neardental para que se aceptara que estos alejados parientes también podían comunicarse mediante algún tipo de comunicación primaria. El hueso hioides o lingual es un hueso del cuello humano no articulado con ningún otro hueso que soporta la lengua y que es fundamental para el lenguaje humano complejo. El aparato fonador que produce nuestro lenguaje es una peculiaridad de la naturaleza, forma parte del código evolutivo de nuestra especie, pero también lo son las estructuras neurológicas que lo sustentan. Nuestra capacidad de producir un lenguaje se concentra en la llamada "área de Broca", por el médico francés Jean Pierre Broca que la identificó.

Los niños totalmente aislados desde la más tierna infancia y recuperados después de la pubertad no consiguen desarrollar plenamente lo que llamamos lenguaje. Así lo parecen demostrar casos famosos, como el de Kamala, hallada a los ocho años en la India junto con su hermana Amala de 18 meses (que murió poco después), logró apenas reunir un vocabulario precario antes de morir a la edad de 18 años.

Una de las peculiaridades de la evolución humana es la indefensión que tienen los recién nacidos, así como nuestra prolongada infancia, un tiempo necesario para aprender y formarnos en la cultura y sutilezas sociales peculiares de nuestra especie. Por lo tanto, lo que se deduce de los niños ferinos es que sin el entorno social y cultural esa preparación genética que traemos no puede desarrollarse plenamente. Esto explicaría el fracaso de Joseph Singh, quien encontró a Kamala y Amala y que pretendía "liberar" a las niñas de las cualidades lupinas que, según él, impedían que surgieran sus cualidades humanas. Así, el cerebro humano necesita de estímulos para desarrollarse, y los estudios actuales de la neurociencia han demostrado de manera sumamente gráfica cómo las conexiones neuronales se multiplican en cerebros sometidos a estímulos interesantes, atractivos y cercanos, mientras que la falta de estímulos ocasiona que el cerebro sea más pequeño y con malformaciones. En el debate entre la genética y el entorno social y cultural, entre lo innato y lo aprendido, finalmente parece estar claro que ambos elementos son esenciales para hacernos lo que somos.

miércoles, 2 de mayo de 2012

El cambio del léxico y sus connotaciones culturales (II)


Siguiendo con el tema anterior, en el mundo del léxico hay por una parte la idea (morfema) y por otra la expresión (morfo). El significado de las palabras depende en realidad de sus usuarios, es decir del contexto cultural y social. Por ejemplo, la palabra bodrio, era en su origen una sopa que se daba a los pobres, pero que estaba tan mala que se asoció al sentido que hoy tiene, de "cosa mal hecha, desordenada o de mal gusto". Otro ejemplo es la palabra cretino que era como los romanos llamaban a los cristianos. Esto nos lleva a la conclusión que estas palabras han cambiado el morfema pero no el morfo, que se ha mantenido en el tiempo.

Los esquimales tienen una gran variedad de palabras para designar la nieve
Muchas diferencias en el léxico de una lengua a otra dependen de la vida que lleve la comunidad que habla esa lengua, de su forma de aprehensión de la realidad. Así, nos podemos encontrar en algunas lenguas muchas palabras para describir una realidad, en cambio, en otras culturas para esa misma realidad sólo existen varias palabras para nombrarlas. Pongamos el ejemplo la palabra nieve, en la lengua esquimal existe muchas palabras para designarla. En cambio en árabe, hielo y nieve se dicen igual, porque su realidad es totalmente diferente a la de los esquimales, al tener una climatología en la que nunca están bajo cero, no tienen que pararse en pensar si es nieve dura o blanda. Así el léxico de una lengua puede ser muy minucioso en unos temas y muy generales en otros.

Otra forma muy curiosa en el que se ve reflejada la lengua de una cultura es en la organización de las sociedades. En algunas culturas nómadas el concepto del yo es muy diferente al nuestro. En las lenguas occidentales el yo es algo frente a los demás (tenemos un espacio propio y una intimidad), en cambio en estas sociedades nómadas no existe esa intimidad, no hay espacios propios en las tiendas que le sirven de hogar y todos hacen el mismo trabajo. El yo está reflejado en estas lenguas de forma distinta a la nuestra: Yo es yo y la gente que comparten su tienda, que no necesariamente tiene por qué ser su familia sanguínea, es un yo colectivo con idea de pluralidad, frente a nuestro yo individual y no colectivo. Así pues, ¿se podría traducir la palabra que designa yo en estas culturas por el nuestro?. En principio sí, pero sin olvidar que el campo semántico de esas sociedades nómadas es diferente al nuestro.

jueves, 26 de abril de 2012

El cambio del léxico y sus connotaciones culturales


Sabemos que la gramática de una lengua es un campo cerrado que los hablantes pueden llegar a dominar, mientras que el léxico, sin embargo, es algo abierto porque nadie puede  llegar a conocer todas las palabras de una lengua.

Algo muy importante es que las palabras cambian de significado según pasa el tiempo. Aunque algunos autores piensan que hay un verdadero e inmutable significado de la palabra que es el que se deriva de su etimología, otros creen que sí es posible ese cambio de significado. Por ejemplo, llamar a alguien radical y pretender que lo que se quiere decir es que va a la raíz de las cosas sería incorrecto; en realidad radical, aunque provenga de raíz, significa hoy otra cosa. Pero no entrando en prejuicios etimológicos, vemos que el cambio del léxico tiene que ver con cuestiones sociales y culturales. De pronto, por ejemplo, una palabra deja de usarse porque entra en conexión con algún tabú o algún miedo.

Centrándonos en el tema del tabú, son aquellas palabras que remiten a un campo prohibido, que pueden provocar incomodidad. Por ejemplo el tema de la muerte, el mal (si nombro algo de alguna manera lo invoco). En casi todas las lenguas hay estos territorios tabú, con ello las palabras van cambiando muy deprisa. Consciente o inconscientemente, las personas echan la culpa a la palabra de la fealdad de lo que invocan y por eso cambian mucho. Así podemos ver como han ido cambiando las palabras en español para designar a lo que hoy llamamos cuarto de baño: En principio retrete era un término fino, alrededor del siglo XVI significaba solo el cuarto de atrás. De retrete se pasó a llamar al baño letrina, que al inicio sonaba bien. Después se llamó wáter, que hoy ya no suena bien.

Como podemos ver, la lengua devora palabras en el territorio tabú, porque la vergüenza está en la idea, ninguna palabra puede hacernos hablar de ello asépticamente aunque al principio así nos lo parezca. Un recurso es recurrir a un préstamo, como por ejemplo ocurre con toilettes (del francés), que hoy día parece menos cargada  de ese valor connotativo que se le ha dado a wáter.

El lenguaje como organizador de nuestras experiencias de la realidad


Como decía en la primera entrada, el lenguaje reproduce la realidad y transmite esta producción a las generaciones siguientes.


Póster de la película 1984, basada en la obra de Orwell
Cada lengua organiza la realidad según la ven sus hablantes. Esto se hereda de  una generación a otra, se aprende con la lengua toda una teoría de la realidad. Muchas hipótesis han planteado, sobre todo en las vanguardias del siglo XX, que si se cambia la lengua se cambiaría la visión de la realidad. Un ejemplo de ello es la novela escrita por George Orwell 1984 en la que el autor introduce el concepto de neolengua, en la que se reduce y transforma el léxico con fines represivos, basándose en el siguiente principio: Lo que no está en la lengua no puede ser pensado. . Evidentemente, una cultura no se cambia simplemente alterando o modificando su lenguaje, hay muchas otras razones, pero desde luego es un factor vital en una cultura.

A modo de ejemplo,  en todas las lenguas hay marcas (morfemas) para hablar del tiempo, en relación con esta categoría el referente de la cultura occidental es muy distinto al de otras. Para la sociedad occidental, el tiempo es como una especie de línea que avanza del pasado a futuro, y en esa dirección viajamos, es una visión unidireccional. En cambio en otras culturas, la precolombina, la tibetana, la mongol, incluso en la misma Europa antes de la llegada del cristianismo, el tiempo es cíclico, como una rueda que se repite y va pasando una y otra vez por las mismas experiencias. En estas culturas los términos como progreso son difíciles de definir, porque todo da vueltas completas y no hay grandes diferencias entre pasado, presente y futuro. Lo que importa es el aquí y el ahora, porque dependiendo de lo que hagamos en el presente será devuelto por la rueda cíclica de la vida. Los tiempos verbales de estas lenguas son un elemento secundario, no suelen tener marca de tiempo, sino otras, como por ejemplo la Marca de validación, que tiene que ver con el grado de certeza que tiene el hablante en relación con lo que cuenta. Lo importante no es situar una acción en el tiempo, sino la marca de validación que indica si he visto esa acción por mí mismo o si me la han contado. Así pues, esta idea nuestra del tiempo como algo lineal viene con el judaísmo. La Biblia enseña que hubo un origen del mundo y habrá un fin del mundo y mientras vamos mejorando porque lo mejor será el final, cuando aparezca el Mesías. Por ello nuestra idea del tiempo es lineal y de progreso, valorando lo nuevo frente a lo viejo; esto es por el excesivo valor que concedemos al futuro. En la cultura árabe que tiene una idea del tiempo distinta, nuevo significa que no está probado, que no es fiable.

La persistencia de la memoria, Salvador Dalí

Así, pensamos que el tiempo es una categoría objetiva, pero en realidad, también es cultural, hay muchas maneras de ver el tiempo, depende de las experiencias de la realidad que sus hablantes hayan vivido.

miércoles, 25 de abril de 2012

La vinculación entre el Lenguaje y la Cultura

Esta primera entrada estará dedicada a dilucidar la relación que existe entre Lenguaje y Cultura.

No cabe lugar a dudas que el lenguaje constituye un hecho cultural en sí mismo. Prueba de ello es que en cada una de las lenguas del mundo no solo basta con saber expresar gramaticalmente o lingüísticamente una determinada oración, sino que debemos tener en cuenta a la hora de expresarla otros aspectos, tales como el estatus de las personas que intervienen en el proceso de comunicación, el propósito de esa conversación en sí misma, esto es, el resultado que deseamos obtener del proceso comunicativo, las diferentes convenciones sociales, el papel de cada uno de los participantes en el proceso comunicativo, etc.

Por tanto, la importancia de la cultura en el lenguaje es fundamental. El estudio de la misma lo lleva a cabo una disciplina llamada etnolingüística, definida en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española como la “disciplina que estudia las relaciones entre la lengua y la cultura de uno o varios pueblos” .

La etnolingüística “estudia la intersección del lenguaje, por una parte, y cultura, pensamiento, visión del mundo y conducta correspondiente a esa cultura, por otra”.

Ahora bien, en la íntima vinculación entre lenguaje y  cultura es importante distinguir si el punto de partida es el lenguaje o la cultura, es decir, si se trata de la interpretación cultural de una lengua o de la expresión idiomática de una cultura. De ahí que Casado Velarde establezca la distinción en el seno de la etnolingüística entre lingüística etnográfica (estudio de los hechos lingüísticos en cuanto determinados por los saberes acerca de las cosas, es decir, en cuanto determinados por la cultura) y etnografía lingüística (estudio de la cultura, es decir, de los saberes acerca de las cosas, en cuanto manifestada por el lenguaje).

El lenguaje tiene las características de aquellas actividades creadoras del espíritu cuyos resultados no son materiales, o en que lo material no es determinante, y que se llaman, conjuntamente, cultura. En este mismo sentido, ya había dicho Coseriu en su libro Principios de semántica estructural, refiriéndose al lenguaje, que estamos “ante una forma de cultura, quizás la más universal de todas y, de todos modos, la primera que distingue inmediata y netamente al hombre de los demás seres de la naturaleza”.

Así pues, el lenguaje funda la comunidad sobre la cual se edifica toda la cultura humana, es decir, la lengua viene a ser condición previa para la cultura. Por tanto, donde quiera que encontremos obras culturales encontraremos como condición previa la lengua, esto es, la comunidad de los hablantes que organizan sus signos lingüísticos (significantes y significados) en relación a una organización de la experiencia de lo real que tienen los hablantes de esas lenguas, vinculadas a las necesidades, intereses, ámbito y cultura  de su comunidad y de su historia.